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La posibilidad actual del Humanismo ecuménico

febrero 8, 2015

Un enigmático y fascinante libro del escritor polaco Adam Schaff reúne varios artículos bajo el sugestivo título de: Humanismo ecuménico.

Adam Schaff, nació el 10 de marzo de 1913 en Leópolis (Ucrania) y murió el 12 de noviembre de 2006 en Varsovia (Polonia), fue un filósofo y politólogo marxista, de nacionalidad polaca, que estudió Derecho y Economía en la École des Sciences Politiques et Économiques de París y Filosofía en Polonia para especializarse en epistemología.

Fue el único marxista polaco en el período de posguerra de la Segunda Guerra Mundial con un trasfondo académico. En 1945, obtuvo el título de Filosofía en la Universidad de Moscú. Su regreso a Polonia con el ejército rojo, y un mes en la resistencia polaca como miembro del comité central del Partido Obrero Unificado Polaco, le confirieron la primera silla polaca en filosofía marxista en la Universidad de Varsovia en 1948. En este cargo, Schaff explotó su intelecto en defensa de los marxistas ortodoxos y fue considerado el ideólogo oficial del partido comunista.

Tras la muerte de Stalin, un nuevo período comenzó, y Schaff se unió a la escuela más humanista y antropológica iniciada por Leszek Koł,akowski. Esta escuela pensaba que el objeto de la filosofía debía ser el hombre y sus acciones (fenomenología y existencialismo), rescatando el marxismo histórico y las acciones humanas como creadoras de conocimiento en relación a un contexto social.

Schaff fue también miembro de la `Academia de ciencias polacas`, y del `Club de Roma`.

Adam Schaff fue en muchos aspectos un adelantado a su época. Aunque su especialidad académica era la semántica, escribió a lo largo de su vida varios libros que supusieron una ruptura y un avance notable sobre situaciones anteriores. Así, en Marxismo e individuo humano (1967) desarrolló una lectura de Marx en la que el individuo se convertía en elemento clave. Perspectiva en la que profundizó, desde un plano más societario, años después en su obra La alienación como fenómeno social (1979). Posteriormente, sus libros Vía democrática al socialismo (1981) y El comunismo en la encrucijada (1983) apuntaron hacia una superación de visiones clásicas del comunismo, en una perspectiva netamente democrática; cuestión que abordó con más detalle en algunas de sus obras posteriores.
Desde otra perspectiva, el Informe para el Club de Roma sobre Microelectrónica y Sociedad (1982), y su paralelo libro ulterior ¿Qué futuro nos aguarda? Las consecuencias sociales de la segunda revolución industrial (1985), adelantó buena parte de los efectos de la revolución tecnológica que entonces se avecinaba sobre las condiciones de vida y trabajo, pronosticando un fuerte ciclo de paro estructural. Algo que ni entonces, ni aún ahora, algunos son capaces de entender en todo su alcance.

Durante los años ochenta tuvimos la suerte de contar en España con la presencia de Adam Schaff en los Encuentros de Jávea sobre el futuro del socialismo, que durante varios años se organizaron en la bella localidad alicantina de ese nombre. En las reuniones no era infrecuente que Adam Schaff sorprendiera a los presentes con análisis y previsiones sobre lo que sucedería en un futuro próximo. En una ocasión empezó a explicar el curso que seguiría la URSS y el bloque del Este. Cuando hablaba de una democratización y de una disolución del bloque soviético, incluida una caída del muro de Berlín (impulsada por el propio Gorvachov ─decía─), con la correspondiente reunificación alemana, la sorpresa en la sala fue apreciable. Ni que decir tiene que tales previsiones dieron lugar a sonrisas y guasas entre determinados asistentes. Schaff se molestó un poco y desgranó con más detalle sus argumentos, explicaciones e “informaciones” ─advertía.
Poco después, sus previsiones fueron cumpliéndose punto por punto, en casi todos los aspectos, excepto en lo que se refiere a la irrupción en escena de un personaje como Yeltsin. Para Schaff aquello no respondía a su capacidad para anticiparse a los hechos, sino a su información y a su capacidad de análisis por lo que le molestaba un poco que no se comprendieran y aceptaran sus argumentos.

En los últimos años de vida intelectualmente activa Adam Schaff publicó un librito al que apenas se prestó atención, Humanismo ecuménico (1993). Aunque algunas de las tesis y anticipaciones que se contenían en aquel libro pudieran resultar simpáticas y atractivas, la verdad es que llegaba a conclusiones que incluso a muchos de los seguidores de su pensamiento u obra les parecieron un tanto inviables y exageradas. Más bien parecían fruto de un ejercicio de wishfull thinking, esto es pensamiento ilusorio bienintencionado.

En síntesis, lo que pronosticaba y postulaba Schaff en su libro Humanismo ecuménico era el surgimiento de un nuevo humanismo de fuerte impulso reformador que sería el resultado de una síntesis y aproximación entre el humanismo socialista y un humanismo cristiano inspirado en las raíces del Sermón de la Montaña, la epístola de Pablo a los Corintios y la idea nuclear ─y de amplia convergencia cultural─ de “ágape”, cuyas raíces se encuentran también en los planteamientos del rabino Hillel (siglo I de nuestra era) y que se remontan hasta Confucio. Schaff refería, en este contexto, el personalismo comunitario de Mounier y otras corrientes modernas de pensamiento y reflexión. Frente al cuestionamiento sobre quiénes iban a impulsar ─hipotéticamente─ ese movimiento de convergencia, Adam Schaff insistía en que eso vendría, por el lado cristiano, de la mano de la Compañía de Jesús y alguno de sus hombres más preclaros.

Erich Fromm, el psicólogo neofreudiano acuñó la frase, Humanismo socialista, publicando un tomo con ese mismo título (edición castellana de 1966) con artículos muy variados, incluyendo a Adam Schaff, y otros connotados pensadores del siglo XX. El propósito de Erich Fromm era buscar un denominador común entre pensadores marxistas y no marxistas, pero de clara opción socialista y humanista. Fromm lo resumía así: “Uno de los fenómenos más notables de la última década consiste en el renacimiento del humanismo dentro de diversos sistemas ideológicos.”

Adam Schaff resumía el humanismo ecuménico de esta manera: “Para resolver los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad (en un futuro no lejano se agudizarán notablemente) es imprescindible una estrecha colaboración entre estos humanismos afines, y que se complementan, el socialista y el cristiano”.

Ambos autores, Schaff y Fromm, estaban buscando no solo una coincidencia o acuerdo táctico-estratégico entre socialistas y cristianos, buscaban también un camino que de cuentas del esfuerzo que la humanidad debe hacer para una vida más plenamente digna y fraterna que incluya el cuidado de toda la creación, y el lugar de la especie humana en esa creación. Camino a un futuro mejor en paz y con justicia. El teólogo y filósofo, Leonardo Boff, desde Brasil, hace la misma advertencia con un sentido de urgencia y clamor profético, y por ende, ético, en todos sus libros y artículos.

Últimamente algunos de los pronunciamientos del Papa Francisco (de la Compañía de Jesús) esta haciendo recordar aquel libro en el que están detallados tales análisis y previsiones.

En algún momento, Adam Schaff llega a sostener que el movimiento profundo de convergencia por parte de los cristianos se inspirará, entre otros elementos, en el espíritu franciscano.
La verdad es que, hoy por hoy, es difícil saber cómo podrá evolucionar el impulso de regeneración y compromiso social que parece que está propiciando el actual Papa. Pero, lo cierto es que, si este movimiento llegara hasta sus últimas consecuencias y fuera coherente con los criterios anunciados de laicidad, apertura, sencillez y compromiso con los pobres, los necesitados y los excluidos, siendo capaz de ir hasta las raíces de las causas actuales de los problemas sociales, no puede ─o podrán negarse que estaríamos ante un cambio cultural muy profundo y de un alcance político considerable. ¿Podría llegar a convertirse este nuevo-viejo cristianismo en un factor de progreso y de impulso de las políticas sociales, de equidad y de solidaridad? Si esto ocurriera, y si dichos mensajes tuvieran suficiente eco ciudadano y capacidad de arraigo, podríamos encontrarnos con la acumulación de una fuerza social formidable, de origen diverso, impulsando unos cambios societarios que cada vez se hacen más necesarios.

 

El humanismo ecuménico emergente

La idea latente en todas las formas de humanismo, -también en aquel que Henri de Lubac, caracterizó como un drama, el humanismo ateo- de que el ser humano, la persona, es lo más valioso que existe en el cosmos o, para decirlo con las mismas palabras de santo Tomás de Aquino, lo más perfecto que subsiste en la naturaleza, es el lugar en el que confluyen las distintas tradiciones humanistas, más allá de los puntos de partida y de los modos de argumentar. Esta tesis, el valor eminente del ser humano, su lugar especial en el cosmos, para decirlo al modo de Max Scheler es, precisamente, la que está en cuestión, la que ha sido intensamente discutida a lo largo de los últimos treinta años y, en particular, en este primer decenio del siglo XXI.

El antihumanismo, el biocentrismo y el posthumanismo constituyen tres anillos de una misma cadena que tiene como objetivo disolver el humanismo tradicional y la idea de humano que está latente en él.
El error fue situar a la humanidad en el centro del universo, como la medida de todas las cosas, en palabras de Protágoras.

Sólo si es posible deconstruir los argumentos del antihumanismo, del biocentrismo y del posthumanismo, tendencias éstas dos últimas muy vigentes en nuestro entorno cultural, se podrá articular una apología razonable y creíble de un nuevo humanismo ecuménico.

Si desde el humanismo se ubica al ser humano en el centro del cosmos y se le dota de un valor cualitativamente superior a cualquier otra entidad; desde el antihumanismo, su tesis opuesta, el ser humano es una expresión más de la naturaleza, una manifestación tardía y destructiva, pero carente de relevancia. Lo más irónico es que el antihumanismo también es un producto humano, el resultado de la reflexión filosófica sobre la propia condición humana.

El biocentrismo postula la defensa de la vida, de toda forma y expresión de vida, en un plano de igualdad ontológica. La expresión militante del biocentrismo se halla en la ecología profunda. Ésta se define a sí misma como tal, por considerar que es profunda al promover un giro copernicano, revirtiendo la forma de entender el mundo al promover una igualdad intrínseca de todos los seres vivientes, incluidos los humanos. Por lo mismo, rechaza lo que considera una de las causas de la crisis medioambiental: la superioridad del ser humano sobre la naturaleza surgida, supuestamente, del mandato bíblico. El biocentrismo considera que todos los seres vivos son dignos de consideración moral, aunque pueda jerarquizarse sin caer en el especieísmo a través del respeto por el telos de cada organismo. Tales posiciones no implican en absoluto un desprecio por la dignidad de la persona humana, sino que amplían la dignidad a cualquier Holón existente. En este sentido, el ser humano es portador de una especial responsabilidad moral en virtud de su capacidad técnica y científica de destruir la vida de la tierra.

Para el posthumanismo, también denominado transhumanismo, la técnica es un medio para conseguir un mayor control sobre el mundo natural, sobre nuestros cuerpos y para la misma evolución, garantizando mayores opciones para nuestra vida y permitiéndonos diseñar nuestros cuerpos, nuestro mundo y la dirección del desarrollo de la especie. Su mayor problema es la singularidad tecnológica , que podría ser el último logro de la humanidad y probablemente el origen de nuestra desaparición, al menos, tal como somos ahora,

Del humanismo actual emerge una política que tiene como fin promover un desarrollo con justicia y equidad, satisfaciendo las necesidades de millones de seres humanos que requieren educación, salud y bienestar general, y asegurando una adecuada protección del medioambiente para ellos y las generaciones venideras, pero también para todos los holones del sistema ecológico de la Tierra, entendida como Gaia.

Existen tres tesis latentes e irrenunciables del humanismo emergente que son:
• La sublime dignidad de la persona humana y de cualquier ser vivo frente a las maquinas
• La equidad en la dignidad sin clasismos, ni especieismos entre holones
• La idea holística de interdependencia siguiendo la contingencia que emana del entrelazamiento quántico y del big bang similar al de la creación bíblica.

El ser humano, precisamente, porque puede llegar a ser consciente de su presencia en el mundo, independientemente de que otros seres puedan serlo igualmente, tiene su grado de libertad y por ende de responsabilidad a la hora de gestionar sus actuaciones en él.

Quizás los cambios en Grecia, cuna de occidente, representen el inicio de la consolidación política de la emergencia, en todos los sentidos, de un nuevo humanismo ecuménico.

 

Notas

1. Un holón es algo que es a la vez un todo y una parte. La palabra fue acuñada por Arthur Koestler en su libro El espíritu de la máquina. En el sentido de autosemejanza, los holones tienen gran similitud con las fractales.

2. La Singularidad Tecnológica (algunas veces llamada simplemente Singularidad) es un posible acontecimiento futuro en el que, según se predice, el progreso tecnológico y el cambio social se acelerarán con el desarrollo de una inteligencia sobrehumana de tal manera que ningún ser humano anterior a dicho acontecimiento podría comprenderlo o predecirlo. Se llama así por analogía con la singularidad espacio-temporal observada en los agujeros negros, donde existe un punto en el cual las reglas de la física dejan de ser válidas y la divergencia hacia valores infinitos hace imposible definir una función.
Fuentes:
http://old.kaosenlared.net/noticia/arte-ecumenico-ser-humanos-mercedes-sosa-cintio-vitier
http://www.fundacionsistema.com/Info/Item/Details/4916
http://www.hospitalarias.org/reestructuracionespana/wp-content/uploads/Humanismo-cristiano-Torralba.pdf

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